I.E.S. La Aldea

MI EXPERIENCIA EN EL SAHARA

  • Categoría: Canarias-La Aldea
  • Publicado el Jueves, 16 Octubre 2008 00:00
  • Escrito por Elfen Mohamed Lamin (Alfana)

 Hoy es noche de luna, esa luna grande de estos días, llena que rebosa, que dicen nuestros mayores. Y entonces recuerdo aquello de “cuando Zulema amasa el pan, va floreciendo la libertad; cuando Zulema amasa el pan… sale la luna en el Sahara”, esa canción de Mestisay que tan hondo nos llega.

Canarias y el Sahara, pueblos de alguna manera vinculados por diferentes motivos; diferentes pero cercanos. Pero hay algo fundamental que los une, que los hermana: las relaciones entre las personas de uno y otro lugar. Alfana, nuestra querida alumna, ha querido contarnos su emotiva experiencia este verano en los campamentos de Tinduf con su gente. Sin duda alguna, su texto nos enseñará muchísimo, muchísimo más -en una lectura de pocos minutos- que en las tantas y tantas horas que pasamos en las clases. Si esto no es enseñar, educar, hacernos llegar qué es la vida, entonces yo no he entendido nada de la realidad en que vivimos. Gracias, Alfana, por acercarnos este testimonio que vale, sinceramente, mucho mucho mucho.

José Miguel Perera (Juampi)

 Me llamo Elfen Mohamed Lamin, tengo 20 años, y en el año 1999 vine a España de vacaciones en paz. Por motivos de enfermedad tuve que alargar mi estancia. Ya son  nueve años los que llevo aquí y después de tanto tiempo he hecho mi primer viaje a mi lugar de origen, Sahara, campamentos de refugiados de Tinduf, y me gustaría contarles mi experiencia.

Mi viaje al Sahara después de nueve años fue un sueño hecho realidad; ha sido el mejor que podía hacer en mi vida, sobre todo al encontrarme a mis familiares, en especial mis padres, mis hermanas y mi hermanito pequeño al que no conocía.

Me recibieron como una reina o quizás mejor: todo el mundo rodeándome, cantando, bailando e, incluso, algunos llorando.

 Fue un shock para mí ver a tanta gente abrazándome y yo sin saber quiénes eran, ver todo diferente. Personas que había dejado pequeñas ya se habían hecho mujeres y hombres, en especial mis hermanas.

Yo no hablaba, solo miraba a mi alrededor recordando mi infancia; me sentía extraña, y al mismo tiempo muy feliz al estar con mi familia y en mi pueblo. No sabía hablar árabe, no conocía a la mayoría de la gente que me venía a visitar, pero poquito a poco me fui integrando.

Me costó mucho adaptarme a la vida, vestimenta y, sobre todo, a la comida. El plato típico de allí es el Cus-Cus. Una comida festiva es lo que aquí se come en un día normal (pollo con papas fritas). Durante el día se repetía comida puesto que no era abundante. Lo más costoso para mí era el agua, que no era potable.  Esta se depositaba en los bidones mediante cubas. La potable había que comprarla, pero no se suele hacer, pues apenas tenían para comer.

Al pasar los días, ya era una de ellos; no digo que ahora no lo sea, sino que cuando se lleva casi toda una vida en un país bastante diferente como es este, cuesta adaptarse de nuevo a todo aquello.

 Lo que más me llamó la atención era la generosidad y la humildad de los/as vecinos/as, la tranquilidad en que se toman las cosas. Es asombroso lo feliz que viven con lo poco que tienen.

Todo los días lloraba al ver a los/as niño/as, que juegan con cualquier cosa... verles caminar por la arena sin zapatos o escuchar a los bebés llorar por falta de comida. Eso me hacía sentir impotente porque no sabía qué hacer para ayudarles, se conformaban con poquita cosa. Algo que aquí es insignificante, para ellos es un tesoro.

Un día estaba caminando, me encontré con un grupo de niños jugando con una pelota que habían diseñado ellos mismos. Sin que se dieran cuenta, les observaba porque me parecía increíble cómo se divertían y lo felices que jugaban al fútbol que, por cierto, era el juego favorito.

Otra curiosidad era el canon de belleza: los hombres las prefieren rellenitas y de piel blanca, todo lo contrario a lo que pasa aquí.

 Allí no existen días, meses, ni horas. Cuando llevaba tres semanas, más o menos, me sentía ahogada, contaba cada segundo que quedaba para la vuelta, los días eran muy largos y desesperantes para mí.

A pesar de todo no era tan difícil acostumbrarse. Antes de irme tenía miedo de lo que me iba a encontrar, pero al final fue extraordinario. Conocí a gente maravillosa en el trayecto, a las que nunca había visto.

Me siento muy satisfecha y orgullosa de haber hecho este viaje; aunque hiciese más, el primero siempre quedará marcado en mi corazón.

Lo que me gustó era estar tumbada en la arena mirando la luna y las estrellas con mis hermanas, aparte de la compañía de mis padres.

Si tuviera que escoger el mejor momento, escogería mi llegada porque fue cuando abracé a mis padres por primera vez después de tanto tiempo sin vernos.

Tendríamos que aprender a contentarnos con lo que tenemos; muchas veces no nos damos cuenta de lo afortunados que somos e, incluso, nos quejamos porque pensamos que es poco. Pero ya vemos que no es así.

Fue un viaje para reflexionar y darme cuenta de lo afortunada que soy al estar aquí con mi familia española, a la que le debo mi vida.

 

 

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