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LA FELICIDAD ESTÁ EN UNO MISMO

Hace tiempo que ya no vivo en aquella ciudad. Los avatares de la vida me llevaron lejos, pero siempre recordaré ese primer hogar que pude considerar mío, cuando decidí independizarme de la familia. Era un piso de alquiler cerca del parque. En pleno centro de la ciudad, el paisaje que se divisaba desde la ventana te transportaba a un mundo muy distinto al dominado por el cemento y los coches. Una inmensa masa forestal que tenía a mi disposición, con sólo cruzar la calle.
Recuerdo especialmente las mañanas de domingo: Salía a pasear por los senderos, desayunaba en alguna cafetería y compraba los periódicos, que leía con calma apoyado en la sombra del tronco de un árbol centenario, que pronto se convirtió en mi rincón favorito. A veces simplemente me dedicaba a ver pasar la gente: Deportistas, simples paseantes, perros que sacaban a dar una vuelta a sus dueños, niños que jugaban felices...

Pronto me fijé en una pareja muy especial, a los que siempre veía de lejos: Ella iba sentada en una vieja silla de ruedas, y él empujaba con brío mientras conversaban animadamente acompañados de risas y mucha ternura. Se les veía contentos y de alguna manera, evidentemente sin pretenderlo, lograban contagiarme el optimismo que irradiaban juntos. Un día que se encontraba cerca el jardinero de aquella zona, y con el que había logrado entablar una cierta amistad, saqué el tema al verlos pasar. Él los conocía mucho mejor que yo, y me confirmó que mis impresiones eran ciertas:

- Nunca he conocido una pareja más feliz que esa, a pesar de sus circunstancias
-  me dijo.
- ¿Se refiere a la invalidez de ella? – pregunté.
- Sí, claro – respondió. – A eso..., y a que él es ciego.
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