I.E.S. La Aldea

INMIGRANTE

  • Categoría: Cuentos
  • Publicado el Lunes, 25 Junio 2007 00:00
  • Escrito por Guanchinech
Por más que se esforzaba, no podía acostumbrarse a aquella sensación. Desde que llegó, dejó de ser quien era. Al principio le afectaba tanto que a veces pensaba que era mejor volverse de verdad invisible, desaparecer para no tener que verlos y soportar su actitud cuando se los encontraba o pasaban por su lado. Después vino la etapa en que se esforzó por hacerles entender que era una persona, más allá del color de la piel y el acento diferente en la voz...

Ahora, simplemente optó por rendirse. Un día se dijo a si mismo que vino a este país no para ser aceptado, sino con la intención de encontrar un futuro para si mismo y la familia que quedó tan lejos. Si estaban ciegos o preferían parecerlo no era su culpa. Él no era como la mayoría de los que también lograron llegar, que preferían mezclarse lo menos posible con los oriundos del lugar, formaban un mundo aparte y se relacionaban con los demás lo imprescindible en el quehacer diario. Le hubiera gustado contarles lo que significó el viaje, a lo que tuvo que enfrentarse, los peligros y miedos que hubo de superar. Eso lo había endurecido tanto que ahora sabía que podía con todo. Pero también le daba miedo, porque podía aislarlo del resto del mundo, convertirlo en un ser dominado por los resentimientos.

En el fondo, incluso sentía lástima por ellos, creyéndose a salvo en su egoísmo, ignorantes de la facilidad con que pueden cambiar las cosas: El privilegiado de hoy puede convertirse en el necesitado de mañana con una mínima vuelta a las tuercas de la historia porque lo que llaman Tercer Mundo está más cerca de lo que creen. Le miraban y sólo advertían las diferencias: el color, la religión, las costumbres. Veían un continente destruido por guerras, sangre, enfermedades, hambruna y exilio. Como si esta parte del mundo no hubiese tenido mucho que ver con ese destino. Pero si él sabía que la gente normal y corriente no era responsable de las realidades del pasado, ni del escenario del presente... ¿Por qué no era correspondido de igual manera? ¿Tanto costaba un poco de generosidad, de solidaridad con los que se ven obligados a un exilio forzoso para salir adelante?

Aunque tampoco era justo generalizando como lo estaba haciendo. Eran pocos, pero se había encontrado con algunos. Y estaban los niños. Con ellos nunca hubo problemas. En sus ojos no existía el rechazo. Quizás sólo era cuestión de tiempo y paciencia. Hasta que dejara de ser la excepción, y la normalidad llegara para dejar de ser un forastero, un extraño al que definir con sólo un golpe de vista: Inmigrante. Si supieran lo mucho que había llegado a odiar esa horrible palabra...

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