I.E.S. La Aldea

SONREÍRLE A LA VIDA

  • Categoría: Cuentos
  • Publicado el Martes, 04 Septiembre 2007 00:00
  • Escrito por Guanchinech
Nadie sabe muy bien su edad, ni el lugar de donde procede. Lo primero, porque ni siquiera él mismo está seguro, y lo segundo porque guarda el secreto celosamente ante el temor de que puedan devolverlo al abismo del que procede. Su nombre es lo de menos: Tiene la piel oscura, el cuerpo modelado por el hambre y la pobreza, una sonrisa perenne en la cara y la mirada sincera del que ha logrado salvar la inocencia a pesar de tal cantidad de sufrimiento. Su corta vida ha sido una ruleta rusa, pero al fin parece haberse estabilizado.

Por mucho que en los medios de comunicación intenten explicar las razones de la llegada de los que son como él, contar su historia, no logramos entenderlo. O no queremos. Es imposible para esta mentalidad de nuevos ricos que tenemos, asimilar cómo pueden sobrevivir en sus lugares de origen. Sólo nos preocupa que se los lleven pronto y los supuestos peligros que pueden acarrear entre nosotros, alentados por los voceros de siempre: Los llaman invasores silenciosos, son los que nos están hundiendo el sistema y nos tienen al borde de un colapso económico y social.


A veces se da cuenta de que esos sentimientos existen, ahora mismo lo acaba de captar en la mirada reprobadora de algunas “señoras de bien”, que no entienden qué hacen ellos allí, disfrutando de un domingo de playa como cualquier hijo de vecino. Pero le da igual. Hoy se siente feliz, chapoteando en la orilla con los demás compañeros del internado donde los han enviado. Adora a los monitores, que se desviven por cuidarles. Les están enseñando muchas cosas, incluso a nadar. Como pueden cambiar las cosas. Durante días sintieron en carne propia el terror de cruzar un océano que desconocían y que trató de apoderarse por la fuerza de sus jóvenes cuerpos, y ahora se ha convertido en lugar de juegos y regocijo. Entre chapuzones disfruta de su felicidad, aunque sabe que a la noche llegará la hora de la llamada a casa y habrá que aguantar la bronca, intentar explicar a la familia por qué aún no puede enviarles dinero, que era la razón por la que todos se sacrificaron para reunir el importe de la plaza en el cayuco.

Pero la noche queda lejos. Él si ha entendido que es necesario pasar esta etapa: Está aprendiendo español rápidamente, incluso ya conoce alguna expresión en canario y al decirla, enseña la blancura de sus dientes con picardía. Le encanta la ducha de agua caliente –estaría allí durante horas-, meterse en la cocina y ayudar en la preparación de las comidas, ver la televisión, comerse esos yogures con trocitos de frutas, atragantarse de galletas y lucir el chándal y las zapatillas de deporte que le han regalado. Le gusta también dar largos paseos por el pequeño bosquecillo que rodea el centro con su compañero de habitación, un amigo que está seguro será para toda la vida. Son motivos más que suficientes para sentirse agraciado.

Ya no se pregunta tan a menudo cómo es posible que aquí haya tanta abundancia: En coches, casas, supermercados, ropas, aparatos... Van quedando atrás la trágica fragilidad, el hambre, el miedo, el hacinamiento y la miseria. Cuando llegó, apenas sabía nada de este sitio, pero le entusiasma lo cerca que está siempre el mar y está ansioso por aprender a nadar. Su ilusión más grande sería subirse a una tabla de surf y volar con el impulso de las olas. Quién sabe si en un futuro... Eso sí: nadie va a quitarle ya el frescor de la playa, los hermosos atardeceres, el éxtasis de su primera paella, el helado de chocolate chorreando, el estremecimiento cuando aquella pibita se fijó en él y le dedicó una sonrisa que lo dejó mareado.

Lleva toda la semana deseando volver a verla y hoy se armará de valor para saludarla. A ver qué pasa...

Siente que tiene encendido el fuego de los sueños. Al final, quizás la vida hasta se ha decidido a sonreírle. Ya era hora, aunque en el fondo da igual: Él nunca ha dejado de sonreírle a ella.

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