I.E.S. La Aldea

CUENTO: LA CANCIÓN DE LA BALLENA

  • Categoría: Cuentos
  • Publicado el Jueves, 27 Septiembre 2007 00:00
  • Escrito por Guanchinech
El paso del tiempo le daba la razón. David había acertado al cambiar la ciudad por aquél pueblo costero. Un par de libros publicados le aportaron la estabilidad económica necesaria para dedicarse por entero a escribir, y le gustaba la tranquilidad que allí se respiraba. Le resultaba estimulante. Se había construido su pequeña rutina: Disfrutaba levantándose poco antes del amanecer para ponerse a trabajar mientras afuera, los ruidos de fondo le indicaban que el resto de la gente se preparaba para una nueva jornada. El pueblo aún vivía de la pesca, y estaba en plena actividad bastante antes de que el sol hiciera su aparición. Pasadas unas horas concentración, le llegaba el aroma a pan recién hecho que ya flotaba en el ambiente, se acercaba a la panadería y compraba lo necesario para un buen desayuno. Luego se ponía al bañador, cogía una toalla, unos prismáticos siempre le acompañaban y se alejaba por un viejo camino que transcurría paralelo a una costa abrupta y con abundantes charcos, que hacían las delicias de los chiquillos, con sus juegos y chapoteos.

Un par de kilómetros hacia el sur, un enorme promontorio se adentraba en el mar en forma de cuña, dando pié a la bahía que resguardaba el puerto. A sus pies, a cubierto de los vientos y de miradas indiscretas, había una cala diminuta. El único sitio donde las aguas siempre estaban en calma. Los jóvenes la utilizaban mucho para sus correrías, y era conocida como la “Cala del Amor”. No había que ser muy listo para imaginar las razones de ese nombre. Era su lugar preferido para el baño. Se metía en el mar desnudo, nadaba hasta que le dolían los músculos de los brazos y luego se tendía un rato a descansar, sintiéndose en paz con el mundo.

El ejercicio le servía para meditar. Se sentía contento. Una vez superadas las iniciales reticencias que despertó en los lugareños su llegada, le fueron aceptando poco a poco, y empezaba a sentirse a gusto. Disfrutaba enormemente los ratitos de conversación en la taberna, cuando las tardes de invierno invitaban al recogimiento y a la conversación. Los más viejos tenían una abundante cosecha de historias y leyendas relacionadas con el mar. La mar, como ellos decían. Les encantaba tener a alguien que no ponía reparos en escuchar atentamente y encima pagaba con buen talante un par de vasos de vino.
Afortunadamente aquella parte de la costa se había librado de la especulación urbanística. Muy pocos turistas se presentaban, acaso en la época veraniega, pero allí el mar era rudo y a veces bastante violento, así que los que aparecían lo hacían de paso y movidos por el pintoresquismo del lugar. Mejor. No sabía que eso fuera motivo de queja para sus vecinos, y desde luego, para él tampoco.

Ya estaba llegando a su destino. Sólo quedaba un pequeño desvío que conducía a la orilla y evitaba tener que pasar por un enorme caserón que se levantaba sobre el promontorio, y donde al parecer vivía una pareja de ancianos que no se relacionaban mucho con el resto del pueblo. Aún no los conocía, y le resultaba curioso que cuando se hablaba de ellos, un aura de misterio flotaba siempre en el ambiente...

Le sorprendió una especie de quejido que parecía venir desde la orilla. Era un sonido extraño que despertó su curiosidad. Aceleró el paso y cuando dobló la última roca, lo que vio lo dejó paralizado: Una enorme ballena se retorcía sobre los guijarros, varada en la playa. Durante unos instantes no supo qué hacer. Decidió acercarse lentamente mientras le hablaba con voz muy queda, para no asustarla. Cuando estuvo a su lado, sintió uno de aquellos grandes ojos fijos en él y fue como si le transmitiese toda la angustia que debería embargar al animal en aquellos momentos. Absurdamente, le dijo que aguantase, que no desesperara, porque iba a pedir ayuda. Como si fuese a entenderle...

Echó a correr de vuelta y los pies parecían tener alas. Llegó al pueblo pegando gritos, y asustando a todo el mundo. Una vez hubo  tomado resuello, explicó lo que pasaba y la gente se movilizó al momento. Afortunadamente, el mar estaba revuelto y pocas barcas se arriesgaron a hacerle frente ese día, por lo que se podía contar con el pueblo casi al completo. Una pequeña procesión se formó con destino a la cala. Una vez allí, esperaron a que subiera de nuevo la marea. Con gran esfuerzo y cuidado lograron que la ballena, que mostraba evidentes signos de cansancio, se hiciera de nuevo a la mar. Fueron unas horas de tensión y duro trabajo, pero el resultado valió la pena. Se sentían satisfechos y la vuelta se hizo con gran contento de todos.

Al día siguiente pudieron comprobar que el animal se encontraba mucho mejor de ánimos..., porque no se había ido. Permanecía en los alrededores del puerto y daba grandes brincos en el agua, como agradeciendo lo que habían hecho por ella. Los más pequeños se lo pasaron en grande, y casi hubo que arrastrarlos para que se decidieran a entrar en la escuela. También se había alterado la rutina de David. No dejaba de pensar en la mirada que descubrió en la ballena. Allí había visto inteligencia y una conexión sorprendente.

Y ahora estaba aquél espectáculo que les había obsequiado...
Pasaron las jornadas, y la ballena no daba muestras que querer irse. Algunos pescadores mostraban sus reservas, porque pensaban que estando en aquellas aguas, sería una competencia que repercutiría en la captura de peces. Desaparecieron cuando una mañana, al hacerse a la mar, el animal se acercó a las barcas, haciendo todo tipo de movimientos, como pidiendo que la siguieran. El resultado fue encontrar un gran banco de peces, que llenó a rebosar las barcas como hacía mucho tiempo no había sucedido.

Al volver a tierra, todos comentaban aquello como un milagro, y la ballena pasó definitivamente a ser aceptada como la Mascota Oficial del Pueblo. Que se lo dijesen si no a los niños, que superadas las reticencias de los adultos, acabaron por lanzarse al agua a la menor oportunidad para juguetear con ella...

Así fueron transcurriendo las semanas. Una tarde, la ballena se acercó más que nunca a la orilla... Y comenzó a entonar una melodía. El sonido se fue extendiendo por las callejuelas, penetrando en las humildes casas y las tareas que ocupaban a los vecinos en aquellas horas se fueron deteniendo, mientras se acercaban al diminuto puerto, atraídos por lo que escuchaban. No había duda. Era música. El enorme animal estaba cantando para ellos. Se hizo un silencio emocionado. De pronto, una niña se adentró en el agua y cantó a su vez... Se le unieron más y pronto hubo un coro de voces blancas siguiendo la pauta de cantos ancestrales que parecían llegar de lo más profundo del océano.

En la gran casona del promontorio, dos figuras, una de ellas sentada en una silla de ruedas, contemplaban lo que sucedía. David pudo ver con sus prismáticos como una anciana se izaba por encima del balcón y se arrojaba al abismo. Mientras caía, una enorme y brillante cola de pescado relucía en el sol de la tarde. Le vino a la mente entonces una leyenda que hablaba de una vieja sirena, exiliada voluntariamente en aquellos parajes a causa de un amor imposible con un marino...

Una vez en el mar, ejecutó una maravillosa danza sobre las olas, siguiendo el ritmo que marcaba la música. Mientras, David, absolutamente fascinado, enfocó de nuevo sus prismáticos al balcón. Junto a una silla de ruedas vacía, estaba la figura de un hombre ya encorvado. Recordó que le habían comentado que su nombre era Ulises...

Todo era tan extraordinario que comprendió que había un inigualable material para una historia. Pero después de meditarlo unos instantes, se preguntó si tenía derecho hacerlo público. Con ligero encogimiento de hombros, se contestó a si mismo que las cosas estaban bien como estaban...

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