I.E.S. La Aldea

UN CUENTO DE NAVIDAD: MARÍA LA DEL PARRAL. Nuevas andanzas y jechuras de una vieja conocida

  • Categoría: Cuentos
  • Publicado el Miércoles, 24 Diciembre 2008 00:00
  • Escrito por Publicado en Artevirgo: Enrique García Valencia

 Es veinticuatro de diciembre y, en día tan señalado, cruzó el Tocomán que corría María la del Parral. Iba ca’ de Achón y José el de Benina, los que ahora le dan fiao, a comprar unos cachillos para untarle el bezo a los suyos y poder pasar la fiestas como cualquier cristiano. Cruzó la pasadera, con cuidado, saltándola de bola en bola allá por El Estanco. Se agarraba la barriga por mor de unos jilorios que traía enroñados, también por los nueve meses casi cumplidos de su embarazo y, sobre todo, por los jalíos que en el vientre le venían tirando por el canto abajo. Apoyaba un cereto vacío en su cuadril; en la cabeza llevaba la urgente necesidad de estibarlo, un pañuelo nuevo y la idea de su mala suerte o, que un maloficio le habían echado: ni un mísero real que gastar, las dos cabras que no parían, los tomateros esmirriados, drogas en media Aldea y ni las gallinas le querían poner: tenían el culo amulao.

Se encontró con las de Antoñito Ramona y se quedó alegando un rato; acechaba la esquinilla de Fotingo de vez en cuando, le tenía media droga hecha al señor Matías entre pan redondo, cumplío y bizcochado. A escotero, siguió mi María andando sin dejar de pensar en el mal año que estaba pasando. Saludó por el camino a Lengo y a Nito, uno de Los Gemelos, que rejertiaba (no supo bien de qué) con una jetúa e inefable Amparo. El Callejón lo cogió a puño evitando mirar los lagartos. Paró un pisco en la casa de la partera para que le echara un ojo al balayo. Anduvo un poco más y se botó en los quiciales de Juana la de mana Estebana, ahora para darle a su bombo un descanso. Sería el sexto familio, después de tanta agua de perejil, de tanta friega y de tanto vaho. Estaba segura, lo suyo no era por buena mano...

Como tenía el barrenillo y el reconcomo supersticioso, dejó la tienda para más tarde y se fue en un volío al Molino Viento cruzando surtita Los Llanos. Los mil rezaos le dijo Eugenita, le hizo con pilfos viejos un hinsopo contra el mal de ojo, le dio un gajillo de ruda florecida y una lista de santos que los males quitan por ser sus mejores abogados: san Lázaro contra quemaduras, san Benito que sana el mal de orina , santo Domingo Savio patrón de parturientas, san Fermín la hidropesía, san Rufo de los afligidos, san Manuel que quita el mal del costado...y doce más que escribió al corre-corre en papel bazo. Al salir (nada convencida) se encontró con Pancho Malena que parecía estarla esperando. Le traía, de parte de su mujer -que la había visto llegar- , unas papillas nuevas recién escarbadas, batatas de yema güevo y, un cabillo de ajos del país que se lo tenía ofrecío desde que estuvieron ca’ de Pilarito Franco descamisando.

Con su ceretillo medio lleno se encaminó, contenta como unas pascuas, por el camino del Tanque de los Majanos a comprar lo que le faltaba para matar la gazuza que los hechizos de la curandera no le habían quitado. Le apuntaron el fiado hasta que Panchito Ramírez, a cuenta de la zafra, le anticipara un algo. Como ella quería darse un antojo, que desde agosto arrastraba, pidió con anhelo de embarazada unos trozos masusitos de un un buen cherne salado: un burro grande, más mulo que otra cosa, los pobres tenderos le acabaron pesando en la inestable balanza. Con la ventrecha, la mitad de la cabeza y parte de la cola haría un buen reparto, Mariquita Guía, su comadrona, también saldría ganando.

Coronaron la compra: una botella de vino jerezquina y de turrón de barra unos truscos más bien medianos. La brindaron con una copita de anís los hombres que, al fondo del mostrador, se estaban mojando el pico y enyescando. Uno de ellos, Luis, el yerno de su coma Pepa, fue el que le dijo que en los Betancores estaban ya casi listos los adelantos. Bebió, hizo las correspondientes regañizas al licor, dio las gracias, cogió la carga, salió a la calle, dobló la esquina del comercio y, en un singuío, se puso en el barranco. Para atravesarlo, se hizo con el delantal un rodete para calzar mejor el inesperado aguinaldo. Peonó por la pasadera pisando con mucho cuidado y, a la mitad del vado... (sin ton ni son) le da a la mujer una risa floja seguida de un arrebato. En lo que Barrabás se restriega un ojo, sacó y bandió al agua que bajaba: el hisopo contra el mal hecho, la apestosa ruda y la lista que tenía en el papel bazo. Pudo ser que, al estar gandía, el anisao la hubiera desarretado; ella no sabía, pero... lo que se dice ahora, veía que de repente todo iba requetebién, que sus agonías y preocupaciones no eran para tanto.

¡No le hacían falta sortilegios, ni atadillos, ni yerbas, ni listas de lejanos y desconocidos beatos! Ella confiaba más en los que hoy mismo habían sido sus protectores y sus verdaderos santos: santa Achón, san José Benina, la buena de Sampedrito y su marido san Pancho.

No había zafado de cruzar el barranco cuando pegó a llover del Hoyo pa’bajo, lluvia granadita de la que no hace daño. Una buena rociá para los pendejos de tomateros que no le quieren medrar ni por Dios ni por su poderosa mano. Para no enchumbarse eslapó a correr y, entre resuellos y risitas nerviosas, pensó en el rico "santoral" que para mañana ya tenía muy bien cifrado: sancocho, santurrón de Alicante, san Clemente (quinado), santas Pascuas aleluya y... sanseacabó amén, ya vería (lo vislumbraba) a qué beatitudes patronales se iba a engrampar en los siguientes meses del próximo año. FIN

Colofón. Por mor de las carreras y del sangoloteo (otro santo) se puso nuestra amiga de función alumbratoria un poco después de las cuatro; y dio a luz pariendo el fruto de su vientre Jesús en la forma de una niña preciosa, Daniela la llamaron. Llovía a chuzos y asustaban a los pobres cristianos los cientos de truenos y los tantos miles de relámpagos. La lánguida y rotunda cascada de Las Güesas y el impetuoso caidero del Raborratón, eternos enamorados separados durante todo el año, se desgajaban saltando ruidosos montaña abajo y besándose en Chaparra estaban, al juntar sus aguas en fraternal y apretado abrazo, sus respectivos barrancos.

La recién nacida -ajena a todo eso en su belén particular- mamaba tranquila arrullada por la maría-Dácil de turno que, entre suspiro y suspiro, la mecía suavemente en su protector regazo mientras que su josé-Santiago pugnaba, sin conseguirlo, poner remedio a las goteras que, desde el flinfle techo construido con torta de paja y barro, caían monótonamente en la palangana, en el lebrillo, en el balde de ordeñar, en la bacinilla grande de pisa y en las latas con bico que usaron en los primeros meses de zafra para regar "a cacharro".

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