I.E.S. La Aldea

PEQUEÑA MARIPOSA

  • Categoría: Cuentos
  • Publicado el Lunes, 16 Marzo 2009 00:00
  • Escrito por Guanchinech

 Pequeña Mariposa era un corazón que en su momento decidió aislarse voluntariamente de los sentimientos que pudieran causarle cualquier tipo de daño. Dicen los que lo conocieron en otra época que la pena que una vez pasó se le quedó grabada profundamente, y no quiso que aquella experiencia volviese a repetirse. Por lo demás llevaba una vida absolutamente normal: Era alegre y generoso, tenía amigos que le apreciaban y un montón de inquietudes, se interesaba por múltiples cosas, y en su entorno cercano el cariño estaba a  la orden del día. Pero el caso es que había construido un sistema defensivo muy eficaz, que le impedía al amor acercarse a límites que consideraba peligrosos. Constaba de dos artilugios de alta tecnología que se complementaban eficazmente: Una antena de radar infalible, que le servía de aviso; y una empalizada construida con temibles alambres de espinos, que hacían inútil cualquier intención de acercársele, si de cuestiones relacionadas con el amor se trataba.

La mayoría de los corazones no lo saben, pero cuando nacen son un hermoso jardín. Y como cualquier sitio donde hay flores, es necesario cuidarlo: Regarlo cada día con una cantidad de líquido suficiente, arrancar la mala hierba, y abonarlo con el fin de que la tierra no pierda los minerales que necesitan las distintas especies de plantas y flores que lo habitan, para puedan así desarrollar su hermoso esplendor. En este jardín tan especial que tienen los corazones, de esa tarea se encargan las emociones. Y de todas ellas, el amor es la más intensa y completa. Transforma el jardín en un vergel, un auténtico oasis que llena de frescor y belleza el entorno que le rodea. Por eso es tan importante para los corazones, aunque ellos lo ignoren.

Por consiguiente, la falta de amor los convierte casi en eriales, lugares inhóspitos donde la vida es difícil y se limita a las cuestiones más básicas de supervivencia. Con el tiempo, hasta olvidan que un día fueron un vergel, y se convencen a si mismos de que el estado en que viven es el más natural y sano. Como nuestro protagonista, Pequeña Mariposa. Un hermoso ejemplar de corazón que se deterioraba en su parcela más importante, sin él saberlo.

El caso es que un día pasó por allí un soplo de aire, que se percató de lo que sucedía. Le extrañó no ver ninguna flor, porque supo al primer golpe de vista que aquella tierra era de una calidad extraordinaria. Allí podía crecer cualquier planta casi sin necesidad de cuidados. Se paró un momento para estudiar el caso más detenidamente, y fue cuando descubrió los alambres y el radar. Se indignó como sólo el aire sabe hacerlo. Por un momento se convirtió en viento, y a punto estuvo de surgir un huracán. Le contuvo un detalle en el que no había reparado en un principio: Pocos son los corazones capaces de reproducir en sus jardines la flor más delicada y bella que existe: la orquídea. Y aquél era uno de ellos.

¿Cómo diablos algo que nació tan especial, se transformó en lo que estaba contemplando ahora? El aire no podía tolerarlo, le daba igual lo que aquél tonto órgano pensase, y decidió que debía darle una lección.

Adquirió velocidad hasta llegar al orquidario más cercano, y allí atrapó entre sus redes atmosféricas una semilla. Con suavidad, y volando bajo para que el radar no lo detectase, la trasladó hasta el límite exterior de la zona vallada. Allí la dejó caer con la esperanza de que germinara. Luego les hizo una visita a sus amigas las nubes, y después de contarles sucintamente su plan, les rogó que dejasen caer sobre la semilla las gotas de agua necesarias para mantenerla activa.

Los días pasaron y la semilla germinó. Lentamente echó raíces, y se fue elevando un tallo, que el aire se encargó que traspasase los alambres, en dirección al centro mismo de Pequeña Mariposa, que ignorante de lo que estaba sucediendo, seguía ocupado en su rutina de siempre. Pero al despertar una mañana, la sorpresa fue de las que marcan para siempre. Desde el primer momento se notó diferente. Había dentro de él un ansia desconocida, una necesidad de sentir que le asustó al principio por su intensidad, pero a la que pronto se adaptó con una nota de placer en sus sentidos. Y cuando descubrió la orquídea abierta en toda su esplendorosa hermosura, dejó caer lágrimas de felicidad que, como un torrente, se llevaron por delante la valla, los alambres de espinos, el radar, y cualquier indiferencia ante la vida que hubiese por los alrededores.

Pequeña Mariposa floreció en poco tiempo. Sentimientos fantásticos e inesperados penetraron a raudales en su interior. Con ellos llegó el amor y durante unos instantes, las viejas dudas parecieron presentar de nuevo su candidatura a recuperar su poder, pero ya era tarde. Nuestro corazón se había desarrollado tanto, era tal la concentración de perfección floral que albergaba, que no había vuelta atrás posible.

La última vez que le hice una visita ya no estaba solo. Por cierto, se me olvidaba comentarles una característica muy particular de los corazones: La de sumar sus capacidades. Si  puede en solitario conseguir tantas cosas buenas, cuando la magia del amor acaba por unirlo a otro...  Bueno. No me está permitido entrar en detalles sobre lo que sucede, pero si ponen un poquito de imaginación seguro que se harán una idea.

Vale, está bien, ya que insisten en su curiosidad les digo una pista: Tiene que ver con crear un Paraíso.

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