I.E.S. La Aldea

CUENTO: Morir libre

  • Categoría: Cuentos
  • Publicado el Lunes, 08 Enero 2007 00:00
  • Escrito por Guanchinech
La noche había sido larga y fría. Por fin el amanecer se insinuaba allá, sobre la línea que marcaba la frontera entre la isla y otros mundos que no sabían que existían hasta la llegada de los extranjeros. Se sentía enormemente solo, pero en este amanecer que posiblemente sería el último, ya nada tenía demasiada importancia.

Sólo quedaba él. Su pueblo había acabado por desaparecer a manos de aquellas armas tan extrañas que escupían fuego, de enfermedades para las que no conocían remedios, de hambre... Otros habían sido encadenados en aquellos monstruos de madera con los que caminaban sobre el mar y llevados a no se sabe qué sitios de los que nunca volvieron... Y otros no tuvieron más remedio que ceder, renunciar a lo que habían sido, a sus creencias, sus ritos y costumbres, sus nombres, hasta su lengua.
Hacía tiempo que ya no eran un pueblo, pero hubo valientes que se negaron a aceptar la derrota. Gentes como él, que huyeron hasta adentrarse en los montes más espesos de las cumbres y desde allí prosiguieron una resistencia que sabían desesperada. “Los Alzados”, les llamaron. Poco a poco fueron cayendo todos, víctimas de traiciones o la desesperación de tener que arriesgar cada vez más en sus correrías en busca de alimentos.
 
Lograron resistir muchos ciclos lunares, pero ahora sólo quedaba él. La estirpe se extinguía en aquél hermoso amanecer, que como un oscuro augurio teñía de rojo el cielo. Sabía que los perseguidores estaban cerca. Había intentando romper el cerco varias veces, pero no lo había conseguido. Y no iban a tener la satisfacción de apresarlo, ni de que una de aquellas armas fuera la causante de la muerte del último guanche libre.

Invocó a los espíritus de los valientes guerreros que habían caído antes que él, defendiendo su isla. Pidió fuerzas al dios del volcán para no desfallecer en el momento postrero, y cuando el primer rayo de sol iluminó su cara, se dirigió a lo más alto del acantilado, echó una última mirada a la belleza sobrenatural que lo rodeaba mientras una lágrima furtiva se deslizaba por su mejilla, cerró los ojos y sintió la caricia de la brisa mientras caía...

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