I.E.S. La Aldea

SEGUNDO DE BACHILLERATO EN GUGUY. JULIO.(GALERÍA FOTOGRÁFICA)

  • Categoría: Educativas
  • Publicado el Domingo, 12 Julio 2009 00:00
  • Escrito por José Miguel Perera (Juampi)

 Pues sí. Así lo decidieron, y así lo organizaron ellos solitos, con las pertinentes indicaciones de Eugenia Bello, ausente pero siempre presente, antes de y durante nuestra estancia de casi dos días en Guguy, y tras algunos "tropiezos" con el barco que nos llevaría hasta allí.

Así, como si nos fuéramos tres semanas, cargaditos estábamos en torno a las 3 de la tarde el pasado martes en el muelle de La Aldea, acompañados de algunas madres y algunos padres. Entre la carga y las personas que íbamos, dos fueron los viajes que el barco tuvo que dar, lo mismo que en el regreso, el jueves, a eso de las cinco de la tarde.

 El trayecto por mar es bastante atractivo; y no lo decimos solamente por esa "atracción", cual montaña rusa, que es la sensación de estar subido, en constante movimiento, en el barco; sino sobre todo por todo lo que esconde esa costa que va desde El Roque hasta Guguy, sin duda un descubrimiento para los que nunca la habíamos contemplado. Tuvimos la ocasión de ver desde muy cerca la sombra de El Roque, el Roque Colorao, así como rincones insólitos como pueden ser El Agujero o Peñón Bermejo.

En la mañana habían ido unas cuantas personas pateando por el camino desde Tasartico, como Belinda, Kilian, Umberto, Emi o Gabriel, así también Fran, este no de los cursos de segundo pero sí antiguo alumno del centro. Ya estaban instalados, e instalándonos comenzamos el martes en la tarde larga de Guguy, donde la luz del sol cae del todo en torno a las diez de la noche.

Desembarco, nado hasta la playa, descarga y orden para pasar unos días disfrutando del hermoso paisaje costero del lugar. Ya las pelotas empezaban a rodar, y alguna afirmaba que ese era un lugar inmejorable para vivir. Sin embargo, no andaba presente la misma afirmación a medida que iban pasando las horas, y la causa emergía, sobre todo, del sol constante que sobre nosotros andaba, como un sargento sin descanso, caldeándonos hasta la rojura. Menos mal que andábamos preparados de protectores y bronceadores, algunas sombrillas, y el agua grata que, en las mañanas, presentaba una tibieza propia de un baño para dioses. Por lo demás, y a eso de las once de la mañana, al menos en Guguy Chico, donde acampamos, todo era sol sin sombra que se metía hasta la entraña más gélida de los cuerpos.

 Las dos noches que pasamos fueron tranquilas. Cantos se oyeron, así como canciones, muchas conversas; también se oyó, al ladito de mis oídos, algunas bocas que masticaban carne de chuleta con el toque preciso de arena (por cierto, quedan muy bien). Ingeniamos barbacoas, abríamos algunas latas; otros y otras, con sus cocinillas y artes culinarias, completaban la cena de ellos y de los demás, compartiendo.

Desde muy temprano ya algunos nos dábamos el paseo en toda la playa, que se repetía varias veces al día. Desde el principio del amanecer, entre el calor y la incomodidad sin cama, algunos ya danzábamos en la orilla de la marea, abriéndonos los ojos con el sonido del mar y su visión primera, siempre decorado con barcos de todo tipo que iban y venían camino de Mogán, camino de La Aldea.

 Desayuno y sol, de nuevo. Las pelotas, las conversas, las risas, algunas discusiones también, daban rueda a las horas. En la arena o dentro del agua, de mano en mano y de pie en pie, las esferas que rodaban hacían de los ratos instantes de ocio, bastantes divertidos y saludables; y así, con alguna foto, no sé cuántas bromas y boberías, se imponía el mediodía en nuestras barrigas ardientes, y comíamos; unos más pronto, otras más tarde. Líquido, líquido, agua y refrescos que intentábamos que no se calentaran enterrándolos en la arena, a la orilla del mar; gorras y sombreros, toallas, zapatillas sobre arena caliente, olas, espuma y no sé cuántas cosas más. Sonrisas. Risas. Agua y sal.

No sabíamos bien a qué hora llegaría el barco a recogernos el jueves. Llegó algo antes de lo que esperábamos, y de nuevo el proceso del martes, pero a la inversa: nos íbamos. Todo en bolsas de nuevo, todo recogido antes de que entrara de nuevo el sol por el barranco hasta nuestra piel. Algún imprevisto de última hora, y ruta hacia La Aldea. El mar parecía más calmo, pero no: vaivén sin descanso, empapados no sólo del buen rollo de los dos días, sino también del agua que sobre la embarcación llegaba como una lluvia torrencial. "Imagínate cómo será el viaje de los inmigrantes", dice Arantxa reflexiva y solidariamente, a lo que todos asentimos, dándole razón a su inquietud nuestra.

No hubo el viaje de fin de curso que se preparaba, pero aquí cerca estuvimos como si a otro mundo hubiéramos llegado. Guguy, cercano y lejano a la vez, fue testigo de unos días gratos que, como casi siempre, guardaremos todos en los días que vendrán, estemos donde estemos. Ese calor que allí cogimos permanecerá, probablemente, si el frío del futuro en algún momento hace mella en las arenas del alma. Son espacios de tiempo como este los que hacen dulce el agua de los mares no deseados.

Que disfruten del verano como de Guguy.


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