I.E.S. La Aldea

SIDA EN ÁFRICA: LA AGONÍA DE UN CONTINENTE.

  • Categoría: Educativas
  • Publicado el Lunes, 11 Diciembre 2006 00:00
  • Escrito por Guanchinech
Se está celebrando el Día Internacional Contra el SIDA. No se pueden analizar las razones profundas del retroceso económico y social de África y el éxodo masivo de sus habitantes sin tener en cuenta las repercusiones que la pandemia, y por añadidura la desastrosa situación sanitaria en general, está teniendo en ese continente. No sin razón, algunos hablan de un genocidio silencioso que crece sin parar.
Lo que sigue es parte de una serie de ocho artículos publicados por el periodista Mark Schoofs en la revista The Village Voice y que obtuvo el premio Pulitzer 2000 al mejor reportaje internacional. Sólo queda decir que la situación que describe no ha mejorado en absoluto.

Penhalonga (Zimbabue)
 
No sacaron de clase a Arthur Chinaka. El director  y Simon, tío de Arthur, esperaron a que terminaran los exámenes del día antes de darle la noticia: el padre de Arthur, cuyo cuerpo era ya una ruina por culpa de la neumonía, había muerto finalmente a causa del SIDA. Se temían que Arthur, a sus 17 años, se dejara ganar por el pánico, pero no. Le quedaban todavía dos días de exámenes así que, mientras su padre reposaba en el depósito de cadáveres, Arthur terminó sus exámenes. Eso ocurrió en 1990. Posteriormente, en 1992, un tío de Arthur, Edward, murió de SIDA.  En 1994, su tío Richard murió de SIDA. En 1996, su tío Alex murió de SIDA. Todos ellos fueron enterrados en la misma aldea en la que habían crecido  y en la que todavía viven sus padres y el propio Arthur, un conjunto de chozas de techo de paja en las montañas cercanas a Mutare, junto a la frontera de Zimbabue con Mozambique. Pero el VIH (virus de inmunodeficiencia humana) aún no ha terminado con su familia. En abril,  el cuarto de sus tíos estaba postrado en su cabaña, entre toses, y el virus había vuelto ciega a Eunice, una tía de Arthur, a la que había dejado tan escuálida y débil que era incapaz de andar sin ayuda. Para septiembre, ambos estaban muertos.
 
Lo más horripilante de esta historia es que no se trata de algo excepcional. En un gran arco que comprende África oriental y meridional, que se extiende desde el monte Kenya hasta el cabo de Buena Esperanza, es la zona más duramente castigada por el SIDA en todo el mundo. Es ahí donde el virus está diezmando a la población más activa y productiva de África, adultos de entre 15 y 49 años.
Sólo 17 años han transcurrido desde que el SIDA fue detectado por vez primera en África, a orillas del lago Victoria, pero, según el Programa Conjunto de Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (UNAIDS), el virus ha matado ya a más de 11 millones de africanos subsaharianos.  Más de otros 22 millones se encuentran infectados.  Sólo el 10 por ciento de la población mundial vive al sur del Sáhara, pero esa zona es el lugar en el que viven las dos terceras partes de los seropositivos del mundo y ha sufrido más del 80 por ciento de todas las muertes de SIDA.  El año pasado, todas las guerras de África acabaron en conjunto con la  vida de 200.000 personas. El SIDA mató diez veces ese número. De hecho, el año pasado murieron más personas por culpa del VIH que por cualquier otra causa de muerte en ese continente, incluida la malaria. Y esta mortandad no ha hecho más que empezar.  A diferencia del ébola o de la gripe, el SIDA es una infección de desarrollo lento, que se incuba en las personas durante un plazo de entre cinco a diez años antes de matarlas. A todo lo largo y ancho del África oriental y meridional, más de un 13 por ciento de los adultos se encuentran infectados por el VIH. Y en tres países, Zimbabue entre ellos, más de una cuarta parte de los adultos es portadora del virus.
En determinadas zonas, los índices son todavía más elevados: según un estudio, nada menos que un 59 por ciento de las mujeres que acudieron a clínicas prenatales en la zona rural de Beitbridge, en Zimbabue, dieron positivo  en la prueba del VIH.  La esperanza de vida en más de una docena de países africanos «será pronto 17 años más corta por culpa del SIDA, de 47 años en lugar de 64», afirma Callisto Madavo, vicepresidente a cargo de África en el Banco Mundial.  El VIH «está literalmente arrebatándonos en África la cuarta parte de nuestras vidas». 
 Entretanto, la tasa de mortalidad a causa del VIH ha caído radicalmente  en occidente gracias a poderosas combinaciones de fármacos que impiden que progrese la enfermedad. Estos tratamientos deben seguirse durante años, probablemente durante toda la vida, y pueden llegar a costar al año más  de 10.000 dólares por paciente. Sin embargo, en muchos de los países africanos más castigados el presupuesto total de asistencia sanitaria `per cápita'  no llega a los diez dólares.  Muchas personas -en África como en occidente- no conceden mayor importancia a esta brutal disparidad, con el argumento de que es igualmente cierta  en el caso de otras enfermedades. Pero no es así. Los medicamentos para atajar las más importantes enfermedades infecciosas mortales del mundo -la tuberculosis, la malaria y los trastornos diarreicos- llevan muchos años subvencionados por la comunidad internacional, al igual que lo son las vacunas contra enfermedades infantiles como la polio y el sarampión.
No obstante, incluso a precios rebajados, el coste anual de administrar a  cada africano con VIH una terapia de triple combinación superaría los 150.000 millones de dólares, con lo que el mundo permite que siegue millones de vidas una enfermedad infecciosa mortal, la principal, para la que existe tratamiento.  Todo esto sería quizá más digerible si hubiera un Plan Marshall para la prevención del SIDA que retardara la propagación del virus. Sin embargo,  un estudio reciente de UNAIDS y la universidad deí Harvard demuestra que,  en 1997, los países donantes destinaron 150 millones de dólares a medidas preventivas del SIDA en África. Esa suma es menor que el coste de una superproducción de Holywood.
Y la epidemia va impregnando el África central y occidental: Más de una décima parte de los adultos de Costa de Marfil se encuentran infectados. Se han documentado incrementos alarmantes de la enfermedad  en Yaundé y Duala, las ciudades más grandes de Camerún. Además, en Nigeria  -el país más populoso del continente- las anteriores dictaduras militares dejaron que cayera en el olvido el programa de control del SIDA, incluso  a pesar de que la prevalencia del VIH ha subido hasta afectar a casi uno  de cada 20 adultos.  Por decirlo sin rodeos, el SIDA está en camino de dejar pequeña a cualquier otra catástrofe de la que se tenga constancia en África. Está cercenando las posibilidades de desarrollo, amenazando la actividad económica y transformando las tradiciones culturales. 
Las epidemias nunca son tan sólo una cuestión meramente biológica. Es más, al mismo tiempo que el VIH modifica la sociedad africana, se expande merced a la explotación de las actuales condiciones culturales y económicas. «La epidemia se convierte en realidad sólo en un determinado contexto», afirma Elhadj Sy, jefe del Grupo de Africa Oriental y Meridional de UNAID. «En Africa, la gente se levanta por la mañana y sale a buscarse la vida, pero la manera en que lo hacen les somete a menudo al riesgo de una infección». Los hombres, por ejemplo, emigran a las ciudades en busca de trabajo; alejados de sus mujeres y de sus familias durante interminables meses, buscan satisfacción sexual con mujeres que, carentes de medios y  de cualificación para el trabajo, ponen sus cuerpos a la venta para el sostenimiento de sus hijos y el suyo propio. De vuelta al hogar, las mujeres que instan a sus maridos a ponerse condones corren el riesgo de  que se las acuse de acostarse con cualquiera; en las culturas africanas, habitualmente es el hombre el que dicta cuándo y cómo se mantienen relaciones sexuales.
Hacer frente a fuerzas culturales y económicas de esta naturaleza requiere voluntad política, pero la mayor parte de los gobiernos africanos se han mostrado escandalosamente negligentes al respecto. Ante la falta de liderazgo, el africano corriente ha reaccionado tardíamente a la hora de enfrentarse a la enfermedad. Pocas empresas, por ejemplo, disponen de programas anti-SIDA de amplio alcance. Además, muchas familias se niegan todavía a reconocer que el VIH está matando a sus parientes y prefieren decir que esa persona ha muerto de tuberculosis o de cualquier otra enfermedad ocasional. Con frecuencia, los médicos colaboran en esta negación de la realidad. «Precisamente, el otro día -declara un médico zimbabueño, de gran categoría, que hablaba a condición de que se preservara su anonimato- hice constar «SIDA» en un certificado de defunción y, luego, lo taché.
Pensé que lo único que iba a hacer era estigmatizar a esa persona, porque no hay nadie más que ponga «SIDA» como causa de fallecimiento, ni siquiera cuando efectivamente es así».  ¿Por qué el SIDA es peor en el Africa sub-sahariana que en cualquier otro lugar del mundo? En parte, por culpa de esta negación de la realidad; en parte, por culpa de que el virus, casi con plena seguridad, tuvo aquí su origen, lo que le ha dado más tiempo para propagarse; pero, sobre todo,  por culpa de que Africa había quedado debilitada por 500 años de esclavitud  y colonialismo. De hecho, los historiadores achacan al colonialismo la mayor parte de la responsabilidad sobre los muchos gobiernos corruptos y autocráticos de Africa, que se apropian de recursos con los que se podría combatir la epidemia. A Africa, conquistada y denigrada, nunca se le ha permitido incorporar las innovaciones a escala internacional adaptadas  a su propio contexto, como, por ejemplo, ha hecho Japón.
Tratar el SIDA sin dinero: De patentes y medicinas
 
Si David Sekirevu no tuviera amigos con contactos que pueden conseguirle medicamentos, ya estaría muerto. David contrajo meningitis, una de las más temidas enfermedades relacionadas con el sida, y el fármaco que la cura, fluconazole, es muy caro para el bolsillo de Sekirevu y de la gran mayoría de los ugandeses. Pero, ¿no podría ser de otro modo?
Eso es lo que piensan las organizaciones que luchan contra el sida, y para demostrarlo citan el caso de Tailandia. Cuando el gigante farmacéutico Pfizer tenía el monopolio del fluconazole en este país, el precio de una dosis diaria era de 14 dólares. Pero en cuanto los laboratorios locales comenzaron a producir genéricos, el preció descendió hasta 70 centavos lo que supone una caída del 95 por ciento. Las farmacéuticas tailandesas también producen AZT genérico, y el precio de este medicamento también ha descendido considerablemente, cerca de un 75 por ciento.
Los activistas quieren que Estados Unidos y los organismos reguladores del comercio internacional permitan a los países pobres producir estos medicamentos o importarlos a un precio más bajo del actual. Cuando algunos como Suráfrica intentaron hacerlo, Estados Unidos amenazó con imponerles sanciones comerciales. Pero gracias a la campaña de presión que llevó a cabo ACT UP sobre el vicepresidente Al Gore, al final se dio marcha atrás.
La lucha en torno a los medicamentos llamados antirretrovirales, que atacan directamente el HIV, ha generado mucha publicidad. Una compañía farmacéutica que actualmente es objeto de numerosas críticas es Bristol-Myers Squibb, que produce un medicamento contra el sida llamado ddl. Este laboratorio vende el fármaco a un programa piloto de Naciones Unidas en Uganda por 160 dólares al mes, un precio bajo para cualquier país desarrollado aunque astronómico para la mayoría de los africanos. Los activistas sostienen que, dado que el Gobierno de Estados Unidos financió el desarrollo del ddl, el precio debería ser mucho más bajo. Bristol ha replicado que adquirió la patente del Gobierno e invirtió en ensayos clínicos, de modo que tiene derecho a controlar el precio. Y en términos más generales, la industria farmacéutica también alega que invierte sus beneficios en investigaciones.
Bristol también se defiende alegando que su programa de beneficencia para enfermos del sida, iniciado este año, donará 100 millones de dólares (17.500 millones de pesetas) a varios países africanos. Pero sus detractores señalan que el director ejecutivo del laboratorio, Charles Heimbold, ganó 56 millones de dólares en 1996, más otros 200 millones en opciones sobre acciones.
No obstante, flexibilizar las leyes de patentes no es la panacea. Muchas patentes de los principales fármacos que Naciones Unidas considera de primera necesidad ya han expirado, y sin embargo su distribución sigue siendo irregular. En gran parte de las zonas rurales de África, sólo la mitad de los niños está vacunada, y apenas el 30% disponen de agua potable.

El caso de la tuberculosis nos puede servir de lección. Aunque la enfermedad puede curarse del todo con medicamentos relativamente baratos, los programas contra esta enfermedad en África han debido enfrentarse a obstáculos tan elementales como la falta de suministro eléctrico para realizar las pruebas de diagnóstico. La apabullante pobreza del continente da lugar a "el robo de medicamentos en todos los niveles del sistema de distribución", según escribió la experta investigadora Susan Allen. Por ejemplo, los pacientes venden sus medicinas en cuanto se encuentran mejor, aunque no estén curados del todo. El sida no se puede curar, y la medicación para combatir el VIH debe tomarse de por vida, lo que significa que el tratamiento de esta enfermedad será aún más difícil en el futuro.

Por último, muchos africanos seropositivos necesitan alimentos antes que medicina. Elhadj Sy, del programa contra el sida de Naciones Unidas, considera "encomiable" la presión que ejercen los activistas para conseguir el abaratamiento de los antirretrovirales, pero añade: "Para los occidentales, el hambre es algo abstracto. No saben lo que es". Y para explicarlo hace referencia a la campaña realizada por Naciones Unidas hace unos años para construir letrinas en la zonas rurales de África. "Recuerdo que una de las aldeas un anciano me hizo una pregunta muy simple: "Hijos míos", nos dijo, ¿no pensáis que estáis intentando resolver el problema empezando por el extremo equivocado?".

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