I.E.S. La Aldea

 


 Reconstrucción del paisaje de La Aldea. Siglo XVIII

Una tierra y sus aguas en centenaria disputa
 Se generan nuevas sorribas en los planos bajos de los cauces y roturaciones en las lomas y laderas para una labor agrícola más intensiva, caracterizada por la ampliación de las sementeras en las vegas irrigadas, en rotación con el millo, papas y legumbres. Labor que exigió un aumento del agua de riego en la zona baja del mayorazgo y que avivó la pugna por el control de esta riqueza con los vecinos de Tejeda, quienes desde el siglo XVII cuestionaban los derechos históricos del heredamiento de aguas del valle de La Aldea sobre los caudales que discurrían por el barranco principal. Ello originó repetidas demandas y procesos judiciales ante la Real Audiencia de Canarias, siempre favorables a que éstas debían discurrir libremente barranco abajo hasta las tierras de este valle, como también comenzaron los pleitos entre los aldeanos y los propietarios de las tierras,  los Nava-Grimón, que continuaron,  en la primera mitad del siglo XVIII, aumentando su superficie a costa de usurpaciones sobre los espacios realengos. Asistimos también otra labor roturadora, fuera del ya conflictivo latifundio de los Nava-Grimón, destinada esencialmente a los cereales inferiores.

Las tierras apetecidas para roturarse eran los espacios realengos de  Furel y de los valles de Guguy, Tasarte y Tasartico, además de la zona interior de Linagua, que recibieron nuevos colonos desde principios del siglo XVIII. Estos ocuparon primeramente las terrazas antaño cultivadas por la comunidad aborigen y luego se extendieron por planos y laderas con la construcción de cadenas o terrazas abancaladas. Se trataba de un proceso roturador de carácter clandestino, de modo que en 1772 y 1777 los corregidores --representantes de los intereses de la Corona intervinieron con el fin de recuperar el patrimonio regio. Los aldeanos respondieron con un abierto tumulto en septiembre de 1777 que, sustanciado ante el Consejo de Castilla, éste decidió mantener a los colonos en la posesión de las tierras roturadas.

La Estadística de las Islas Canarias de Francisco María de Escolar (1805) evalúa la superficie cultivada de las tierras de la jurisdicción parroquial de La Aldea, en 2.800 fanegadas (has), con una producción media de 2.000 fanegadas de millo, 2.031 de trigo y 6.500 de cebada, además de otras cantidades menores de legumbres, frutos, etc., lo que sumándola a la producción pecuaria, genera una riqueza bruta del término de poco más de un millón de reales, a una media superior a la de los pueblos vecinos, de 894 reales por habitante, equivalente a once fanegas (627 kgs) de trigo anuales, cuando se estima el consumo medio por habitante y año en seis fanegas.
Esta riqueza agrícola explica el crecimiento demográfico del lugar. De los 400 habitantes que moraban a principios del siglo XVIII se pasa a 689 en 1742, distribuidos entre los diversos caseríos. A fines de la centuria (1802), esta cifra se había duplicado (1.337 hab.) --a pesar de la incidencia de las epidemias (viruela y sarampión) y del paludismo--, destacando la vitalidad de los caseríos situados en los valles de Tasarte (77 vecinos) y Tasartico (11 vecinos).

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