I.E.S. La Aldea

ARRUGAS

  • Publicado el Jueves, 04 Septiembre 2008 00:00
  • Escrito por Guanchinech

 Cada día soporto menos la obsesión por la belleza de este mundo occidental que nos ha tocado vivir. Y a ese respecto resulta muy significativa la penosa situación en que esa obcecación coloca a nuestros mayores. Pasada la edad productiva, la mayoría se convierten en una molestia familiar, un mueble antiguo con el que no sabemos qué hacer. Lejos queda el estatus de experiencia y sabiduría que tienen en otras culturas los viejos, donde se les respeta y venera, pues son una fuente inagotable a la que todos acuden en busca de consejo. Por avergonzarnos, lo hacemos hasta de las arrugas, uno de los distintivos físicos más evidentes de la vejez, junto con los achaques propios de la edad.

Nos negamos a entender que el proceso del envejecimiento es algo completamente natural y que, si mantenemos el interés por la vida, será solamente un proceso físico. Porque de otra manera no se entiende que haya conocido a treintañeros que parecen tener noventa años, y gente de ochenta que conservan todas las ilusiones de la juventud y afrontan los pocos años que les quedan por vivir llenos de vitalidad e inquietudes.

El problema es que la sociedad consumista en la que nos desenvolvemos pretende meternos por los ojos un determinado concepto de belleza corporal, y en su afán por hacerlo llega en último término a concluir que no tener una imagen propia de los veinte años es casi un delito. Algunos anuncios televisivos sobre productos de belleza son un verdadero insulto, un golpe moral de una bajeza despreciable lanzado directamente contra la dignidad de nuestros mayores.

 

Querer ser perfecto nos convierte en monstruos. La belleza no está en la perfección, sino en el conjunto armonioso de múltiples imperfecciones que atesoramos. Es este un concepto válido para desenvolvernos por la vida y, desde luego, en lo que respecta al aspecto físico. Pasada la cincuentena en que me encuentro, y con determinadas tormentas que inevitablemente le han azotado a uno en el navegar por la vida, he aprendido que las ilusiones te hacen joven por dentro, lo que no impide también madurar. Tal vez no tenga tantas como en los años de la adolescencia, pero son más reflexivas, profundas y juiciosas. Además, los años van suprimiendo complejos y aportan experiencia, aplomo y sensatez. Esas son también arrugas interiores que me niego rotundamente a borrar. Cada año que pasa sé menos, porque asumo con naturalidad que me queda mucho por aprender, y en ese afán por aprender forjo mis esperanzas. La perfección es un concepto que me interesa cada vez menos, porque he decidido cuidar con mimo todas mis imperfecciones. Así que las señales de envejecimiento que vayan surgiendo son recibidas con absoluta naturalidad, resolviendo que ser joven puede entenderse como una forma de sentir y pensar. Y en cuanto a las arrugas, en todo caso son un símbolo de haber vivido, y puede que también de haber hecho algunas cosas como es debido.

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