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LAS SATISFACCIONES DEL AULA

Si por aquello de nuestra condición geográfica usáramos términos del terruño –el viejo camarada de infancia de Morales a veces nos transporta, pero otras nos aísla-, podríamos emplear metáforas y símbolos y decir que la mar de nuestra enseñanza está ruin, que hay leva, que aquel piélago de fondo trabuca chalanas, rompe rudos remos en los toletes, levanta potalas, deja al pairo la única gran esperanza de un pueblo, su educación. Aunque a veces se amansa.

Algo –y nada nuevo aporto- no está funcionando bien en la enseñanza pública, en colegios, institutos e, incluso, acabo de descubrir que en algunos ambientes universitarios, pues cuando un decano se ve obligado a recordarles a los alumnos que su mal comportamiento en clase puede significar la expulsión del aula (o más: la iniciación de un expediente), es que ya no se trata de una gota en la mar. Supongo.

Parece como si el continuado oleaje iniciado hace años en los estudios haya llegado, qué pena, a las aulas donde se forman hombres y mujeres cuyas edades mínimas son los dieciocho, diecinueve años. Pero no olvidemos que de entre los veintitantos mil alumnos de nuestra Universidad de Las Palmas la inmensa mayoría –el noventa y tantos por ciento, estoy seguro- quiere trabajar, aprender, estudiar, obtener la titulación para, después, emprender su vida profesional y organizarla desde otras perspectivas.

Exactamente lo mismo que en colegios e institutos: las alteraciones de dos alumnos en el aula tienen más repercusión, obviamente, que el silencio y exquisito comportamiento de los otros treinta condiscípulos. (Aunque lo que sí resulta sorprendente es que en la universidad se avise a algunos de que desde el decanato pueden tomarse “las medidas oportunas”.)

¿Y quiénes son esos alborotadores de “malos comportamientos”? Sospecho que se trata de los mismos pollillos malcriados a quienes sus padres les permitieron todo, incluso que los dominaran, que les impusieran su orden en casa. Y de los otros, a quienes desde los primeros años se les consintió –hubo excesos, hay excesos de superproteccionismo- la alteración del orden natural y exigible en las aulas, lugares de trabajo, enseñanza, educación, estudio.

Pero sospecho que no llegaron tan arriba quienes, por circunstancias sociales (marginación, problemas familiares, soledad física, ausencia de valores) llamaban la atención pero no fueron atendidos en su momento, en los nueve, diez, doce años, es decir, los parias de hoy, los rechazados por una sociedad a la que ellos consideran su enemiga acérrima, a la que odian desde sus entrañas.

Sin embargo, el aula ofrece al profesor más satisfacciones que incomodidades, más alegrías que soledades o pesimismos, por más que muchas veces haya sentido la humana necesidad de tirar la tiza, de abandonar los pasillos y buscar reposo en otras tareas administrativas o, incluso, lograr el apoyo médico para recuperarse de inestabilidades psicológicas, desequilibrios mentales, aparentes fracasos.

Y así, cuando al paso de los decenios el profesor recibe en la calle cariñosos saludos, sonrisas o miradas de agradecimiento de ex alumnos -en este aspecto soy un privilegiado-, se amansan las mares en leva y llegan la calma chicha, la serenidad, la satisfacción recreadora, por más que otros se hagan los longuis cuando se cruzan con él.

Y si se trata de agradecimientos y recuerdos, valgan la amistad personal que me une a varios (con algunos salgo con frecuencia a almorzar) y los triunfos de otros en aquello –la literatura- que compartieron conmigo en el aula. Complacencias y satisfacciones llenan de gozo y alegría como me sucedió en este trimestre que acaba: Daniel Delisau Suárez (1990) y Carlos González Sosa (1972) me dedican -cada uno en su primera publicación- Un mar de sueños rotos y Las tierras de Meed, respectivamente (“porque una parte de este triunfo te pertenece”, “porque me transmitiste tu sentir”, “porque conseguiste que me enamorara de las letras”).

Vanidad de vanidades por mi parte, sin duda, pero intenso regocijo porque veo que lo sembrado en el aula va dando frutos, lentamente pero sin interrupción, con ímpetu, y que valió la pena el trabajo realizado (con Carlos, ¡hace veinte años!). Tras los decenios, la venilla sentimental aflora porque alumnos -cuarentones largos algunos de ellos- mantienen el recuerdo de unas clases a las que sacaron provecho. Y, de paso, me siguen motivando para la diaria tarea, la vocacional, la que me define, la única que sé hacer.

Ellos –unos y otros- quisieron trabajar, se empeñaron, dejaron algunos placeres y alegrías en el camino. Pero hoy son gente viva que vive, que siente, que me sirven de modelo para las nuevas generaciones. Y que me hacen feliz, todavía, en el aula. Y en su amistad.

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