I.E.S. La Aldea

CON PERMISO: YO TAMBIÉN ME ACUSO

  • Publicado el Martes, 01 Diciembre 2009 00:00
  • Escrito por Guanchinech
En estos últimos días, Canarias se ha visto sacudida por un terrible suceso que habla mucho del tipo de sociedad que estamos construyendo. Yo también estoy obligado a realizar un sereno, pero radical examen de conciencia porque me dejé llevar por la histeria colectiva. No hace falta que les ponga en antecedentes del hecho, porque la historia es sobradamente conocida: Los medios de comunicación se han ocupado de forma reiterada del caso de la niña de tres años que falleció en el sur de Tenerife, después de haber sido supuestamente golpeada, quemada y violada por su padrastro.
Esta vez el suceso despertó las conciencias por lo general dormidas y una oleada de horror e indignación general puso las bases para sacar a relucir lo peor de nosotros mismos y proceder con saña al linchamiento mediático del supuesto maltratador, convertido en monstruo de la noche a la mañana. Las conversaciones en los hogares, los centros de trabajo, los bares, hervían de indignación contra ese energúmeno por haber sido capaz de hacerle algo así a una niña inocente, pero también contra la madre porque desde un primer momento se puso de su parte. Con qué facilidad nos olvidamos de las garantías judiciales y la presunción de inocencia, para dejar que nuestra sed de venganza justifique la Ley del Talión y la credulidad se imponga ante el rumor como verdad absoluta.

Nadie atendió en un principio a los indicios que iban apareciendo, en el sentido de que los abusos sexuales no estaban probados: La sentencia pública había sido emitida y era inamovible: Algunos editoriales, calificando a nuestro protagonista de maltratador y asesino pasarán a la historia de la ignominia del periodismo. No conozco a nadie que se erigiera en defensor de este pobre hombre, al que en un instante el mundo se le cayó encima y sin capacidad alguna de defensa ante la inmensidad de la injusticia. Y en esto, todo el entramado se ha derrumbado como un castillo de naipes. El sábado, el titular del Juzgado de Instrucción número 7 de Arona le puso en libertad sin cargos pues los informes forenses, los firmes testimonios de la madre de la niña y de algunos vecinos, el comportamiento del detenido y la coherencia de sus declaraciones: todas las pruebas existentes, en suma, desbaratan este enorme malentendido lleno de maledicencia e impunidad.

La historia ha terminado por ser otra bien distinta a la que despertó nuestra sed de sangre: La pequeña tenía heridas como consecuencia de una caída sufrida mientras jugaba en un parque y se sabe que fue llevada por su padrastro al médico inmediatamente para que le atendieran sus lesiones. Por cierto, que las quemaduras que se le apreciaron en la piel eran producto de la reacción alérgica a una pomada que le recetaron. En ese momento no se le apreciaron otras complicaciones importantes, pero días después y ante la existencia de dificultades respiratorias, el compañero sentimental de su madre volvió a llevar a la niña al centro médico para que la examinasen de nuevo. Allí el ambiente de histeria enloquecida en que vivimos, que ve culpables detrás de cada esquina, fue posiblemente la tormenta que ocasionó los lodos en que ahora estamos metidos.

Los juzgados han restituido a este hombre y a su compañera la libertad y el buen nombre. Pero mi imaginación no es capaz de abarcar la enormidad del sufrimiento en que han estado metidos. La vida de ambos, sumidos como deben estar ante el atroz dolor de la pérdida de una hija, ha quedado irreversiblemente torcida por la ferocidad, la manipulación interesada y la absoluta falta de contención de los medios de comunicación y la instrumentación política de la pretendida violencia de la sociedad en que vivimos.

¿Cómo podrán retomar su estima y quién les devolverá el crédito perdido? ¿La restitución de su buen nombre tendrá el mismo grado de intensidad que la campaña de desprestigio? No creo que el tema interese demasiado en radios y televisiones, si acaso en algún periódico que hace esfuerzos denodados por no caer al nivel de bajeza moral en que estamos sumidos... Pero el que esto suscribe también tiene parte de culpa porque creyó en la enorme mentira que entre todos presentamos como la verdad. Asumo mi cuota de vergüenza, pido disculpas desde aquí, y les aseguro que me ocuparé de que nunca más vuelva a ocurrir.

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