I.E.S. La Aldea

¿INFORMADOS O DESINFORMADOS?

  • Publicado el Martes, 04 Abril 2006 00:00
  • Escrito por Guanchinech
Parece incongruente la pregunta, porque nunca en la historia, los ciudadanos hemos tenido acceso a tal caudal de información como ahora. El problema no está en la cantidad de noticias que nos llegan, sino en la manera en que nos la presentan.

Cada vez es más difícil distinguir entre información y opinión. Es evidente que la imparcialidad no existe en ningún ámbito de la vida.
Tampoco en los medios informativos, porque una noticia viene mediatizada por el que nos la cuenta, mediatizado a su vez por la empresa en la que trabaja y esta, demasiadas veces, por las grandes agencias informativas que las distribuyen a nivel mundial.

Son demasiados filtros los que hay que pasar. Si a todo esto le unimos en que ya no se respeta demasiado una de las reglas de oro de la profesión, que es la de diferenciar claramente entre las secciones de la pura información y las de opinión, la confusión está servida.

En este país, la obsesión por las tertulias es el más claro ejemplo, pero en absoluto es el único. Una mera noticia que se considere lo suficientemente importante puede venir contaminada por las declaraciones a favor o en contra de políticos o sus portavoces mediáticos, muchas veces preocupados solamente por arrimar el ascua a su sardina. Preocupante es también la tendencia que va arraigando entre nuestros dirigentes, que parecen convencidos de que la realidad no existe. Sólo vale la que se fabrica. Basta con repetir hasta la saciedad una mentira con el suficiente convencimiento, como para que en determinados medios se convierta en verdad. Y además, en una verdad absoluta, carente de matices que muchas veces son los que la enriquecen. Esto siempre ha tenido un nombre: “Fabricar información”.

Hemos tenido ejemplos significativos la historia reciente. Recordemos, por ejemplo, la campaña que los diarios del magnate Randolph Hearts hicieron en Estados Unidos, en la que se utilizó todo de tipo de mentiras y calumnias para crear entre la opinión pública el clima adecuado que posibilitó la intervención de ese país en la guerra de Cuba y el consecuente enfrentamiento armado con España.

Tendemos a creer que algo así no puede suceder ahora. Pues no hay más que echar un vistazo a lo sucedido en los meses anteriores a la guerra de Irak. La campaña desatada en torno a las armas de destrucción masiva del régimen de Sadam Hussein no le desmerece en absoluto. Ahora mismo está ocurriendo en ese país algo parecido y que nos tiene que llenar de indignación. En el periódico “el país” de este domingo el escritor Jordi Soler, en un artículo cuenta que a dos calles de la Casa Blanca se encuentran las oficinas de la empresa Lincoln Group, dirigida por un tal Christian Bailey. Se dedica a proyectar lo que denominan “operaciones sicológicas”, un eufemismo que oculta dos tareas básicas:

Recopilar información y establecer contactos para crear negocios en el Irak actual, lo que no es sorprendente dado lo que algunos se han enriquecido con la guerra.

Reclutar periodistas iraquíes para crear lo que llaman el Club de Prensa de Bagdad. Se dedica a escribir artículos, noticias y reportajes que “favorezcan la labor que el ejército norteamericano realiza en el país”. Tienen un contrato con el Pentágono, por el que reciben entre cien y trescientos millones de dólares.

El material se termina colocando en los doscientos periódicos que hay en Irak, pagando de 40 a 2.000 dólares dependiendo de la importancia de cada uno.

Es lo que antes se comentaba: Crear ficción aparentando realidad. Evidentemente, en España no hay empresas de este tipo. Lo que ocurre es más un fenómeno lleno de improvisación y mala uva, que ha ido creciendo al amparo de declaraciones de políticos buscando beneficios individuales o de partido y amparadas por medios de comunicación afines. Asistimos, entre atónitos y escépticos al espectáculo, intentando desbrozar de una noticia lo que es real y lo que son intereses personales y marrullería informativa.

Sólo podemos defendernos utilizando el sentido común y, sobre todo, mucho espíritu crítico para no conformarnos con que nos desinformen cuando intentamos informarnos.

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