I.E.S. La Aldea

“PILARITO”: LA AGRADABLE SENSACIÓN DE SER ALUMNO.

  • Publicado el Martes, 06 Junio 2006 00:00
  • Escrito por José Miguel Perera
Es usual, más en nuestros días, el tener entre ojos, desconfiadamente, cualquier cosa que se mueve a nuestro lado. Y no me parece mal, en absoluto, poseer un ojo crítico que indague, más o menos pormenorizadamente, en lo que por ejemplo hacen los políticos que nos rodean.
Pero no todo es eso. No todo puede quedar en eso. La sensación de confiar, en la actualidad, de sentir y vivir la confianza en algo o alguien, es un acto revolucionario. Más si pensamos, nosotros docentes, en dársela a cualquiera de nuestros alumnos. Pero cuidado: para mí confianza y respeto van totalmente unidos. Al chico o chica al que se le da confianza empieza, precisamente, a confiar en ti: no le eres ajeno. Y eso es un paso enorme, o a mí me lo parece. ¿Y por qué este discursito? Porque ayer, mientras leía un texto que para muchos pasará desapercibido, sentí confianza en la persona que había escrito aquellas sílabas sinceras; aquellas palabras humildes que realmente vehiculaban una vivencia temblorosa y no impostada.
 Ayer, cuando al terminar la lectura del Pregón en Honor de Las Fiestas de Nuestra Señora de Fátima, del barrio de Las Tabladas, caía en la cuenta de que había recibido una lección.
 
También yo llegué a la educación, hace poquito, sin haberlo pensado premeditadamente. Quizás sentía cierto “tilín” poco antes de terminar la carrera; quizás, por diferentes motivos, tenía en mente unos determinados compromisos. En cualquier caso, después de los pocos años que llevo en esto, me gusta lo que hago. Con sus desvelos y “sus menos”, pero sobre todo con sus alegrías y “sus más”. Y más digo: con esperanza, que para mí viene a ser prima hermana de la confianza que decía antes.
 
Estar entre chicos jóvenes, junto a otras preocupaciones, me ha hecho bajar de la tarima, desde donde nunca -por mucho que digan y repitan algunos, con mucha más experiencia que yo-, sospecho, se puede (mejor) educar. Y fíjense que hablo de una disposición, que otra cosa es la realidad del día a día, donde yo por lo menos tengo que reconocer que no todo en las clases por donde paso es perfecto. Pero sí mejorable: tener esa sensación es necesario.
 
Bajar de la tarima también implica poner el ojo de la importancia en las menudas cosas de la cotidianidad: la niña que ríe, el chico que se enfada, la madre que trabaja, el abuelo que cultiva o el profesor que habla. En los testimonios concretos de las personas concretas con sus rostros concretos.
 
Y un testimonio como el que he leído en este pregón para mí puede valer más que cualquier tratado, frío y (supuestamente) objetivo, sobre historia de la educación. Porque “Pilarito” ha hablado a ras del suelo, y de qué manera: contando su vida, o al menos parte de ella.
 
He de decir que no conozco a esta persona. ¿O sí? Las únicas referencias que de ella tengo son los “Pilarito” que tantas veces he oído a mis alumnos y alumnas de 3º de la ESO y, en algún caso, a los compañeros docentes más allegados. Y un día, un solo día, Día del Libro, que crucé tres o cuatro palabras con ella en la dirección del centro. Recuerdo que, al hablar posteriormente con un compañero, le decía que me habían llamado la atención las pocas palabras de aquella señora. En resumen: no me habían dejado indiferente.
 
Y ahora llego a este pregón, que llama también mi atención, que me da a conocer de primera mano parte de la historia del pueblo de mis alumnos, de un barrio del pueblo donde trabajo y educo, y me doy cuenta de que, así es, quien habla es “Pilarito”.
 
Inculcar generosidad, justicia e integridad; cada estudiante es único, como única es su persona. Para mí siguen siendo estas enseñanzas, como ella dice, importantísimas y centrales. Sin esto en mente, en el día a día, creo que no vamos a ningún lado.
 
AL MAESTRO O MAESTRA SE LE RECUERDA MÁS POR LO QUE HACE QUE POR LO QUE ENSEÑA. Cuando leí estas sabias palabras en el pregón acabé de identificar a la señora a la que estaba escuchando: eran las mismas palabras que me habían atrapado en aquellos breves minutos del día 23 de abril.
 
Hoy quiero dejar constancia, con estas insuficientes pero sinceras palabras, de mi confianza y aprendizaje, sin conocerla, en el testimonio de Pilar Hernández Matías, para mí “Pilarito”, pues como mis chicos y chicas así quiero llamarla: he vivido en su lectura el estar sentado entre ellos, recibiendo sin duda toda una lección. El grato gusto de ser, como cada día pero mucho más, un ilusionado alumno.

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