I.E.S. La Aldea

ENFERMEDADES PROFESIONALES

  • Publicado el Lunes, 19 Junio 2006 00:00
  • Escrito por Nicolás Guerra Aguiar
Las estrechas relaciones entre determinadas actividades de trabajo y específicas enfermedades no sólo parecen obvias sino que, además, están demostradas por algunos estudios realizados. Así, concretas afecciones físicas (pulmonares y óseas, por ejemplo) se dan más entre varones mineros debido a las muy penosas y a veces inhumanas condiciones de su trabajo a decenas de metros bajo tierra.
Pero las sombras, las terribles oscuridades de las profundidades mineras, el continuo martilleo mecánico de las máquinas con las que perforan y profundizan, el silencio impuesto por las propias realidades de su penalidad, las limitaciones espaciales y la siempre peligrosa presencia del grisú condicionan también la mente, atrofian muchas veces la propia psique de los obreros y los envejecen con acelerada precipitación: no hay más que ver sus rostros ennegrecidos cuando llegan al exterior, con las miradas perdidas, desorientados, tal vez extrañados por haberle arrancado a la vida un día más de vida, si a aquello puede llamársele capacidad para desarrollarse y reproducirse, para ser.
Aunque no es mi intención analizar la improcedente realidad del aula, sí es necesario detenerme en ella para destacar algo innegable en este apartado de enfermedades físico-psíquicas: si miramos con detenimiento a colegios e institutos públicos, observaremos que –por sus propia condición de tales- aquellos no evolucionan con la misma rapidez que lo hace la sociedad pero, sin duda, asimilan los aspectos más negativos de esa misma evolución. ¿Es influyente esa realidad en nuestros profesores? ¿Hay determinadas situaciones psíquicas íntimamente relacionadas con el planteamiento anterior? A los datos me remito: un elevado tanto por ciento de bajas laborales en Educación lleva esta firma.

Desde nuestra perspectiva actual, se constata que aquellos felices y dorados años ochenta y noventa en que la enseñanza pública, la nuestra, dominaba con creces y se imponía en calidad intelectual ya sólo son recuerdos, tiempos pasados. Pero, además, hay otro elemento nuevo, como dije, muy poco frecuente en aquellos veinte finales años del siglo pasado: con más frecuencia de lo habitual muchos profesores nuestros abandonan las aulas por desajustes psicológicos, mentales o, tal como los llaman algunos, por problemas de salud psiquiátrica.

Sin embargo, estudios realizados en Francia –y publicados hace muy pocos días- sorprendieron: el mayor tanto por ciento de bajas entre aquellos enseñantes no está relacionado con el tema del agotamiento mental. Fueron conclusiones que llamaron la atención no sólo a quienes los habían encargado –ministerios de Educación y Sanidad Pública- sino, incluso, a los colectivos vinculados con la hermosa tarea de formar a los jóvenes, aunque muchas veces aquí nos dedicamos más a fomentar la memoria que a desarrollar las propias y elementales capacidades críticas (terminología LOGSE).

Casi, casi, lo que se pretendía corroborar con el trabajo nombrado era que las enfermedades “de salud psiquiátrica” dominaban en las aulas de centros públicos franceses, especialmente en determinados barrios de grandes núcleos urbanos. Tal vez querían llegar a la conclusión de que concretos factores se aglutinaban para llevar al profesor a pedir la baja con el aval de un profesional de las enfermedades mentales: así, desajustes familiares; la soledad de muchos jóvenes, por más que actúen siempre en pandillas; la ausencia de elementales principios de autoridad tanto en casa como en los propios lugares de estudio; la generalizada creencia de que la enseñanza obligatoria –por su propia condición de tal- no exige ningún compromiso por parte de alumnos y padres; la absoluta permisividad...

Pero grande fue la sorpresa: son las enfermedades físicas –inherentes a la propia actividad aularia- las que dominan en las bajas médicas cuando de profesionales de la enseñanza hablamos... en Francia. Así, la excesiva acumulación de sangre en las venas (variz) no es más que consecuencia directa de tantísimas horas de pie, bien por la pizarra, bien por la pedagógica aproximación física a los alumnos.

Las infecciones dermatológicas (manos, cara, frente) obedecen a la tiza, a su persistente acción (tal vez por eso, aquí, hay tanto enseñante que huye y se refugia en la política). Los problemas oculares también vienen producidos por la blanca y terrosa arcilla. Además, cansancio y agotamiento visuales se imponen muchas veces ya no sólo por la continuada preparación de las clases y de la tiza, sino por las calificaciones, revisiones, renovaciones, investigación... a la luz de lámparas y flexos.

Los traumatólogos franceses confirmaron que problemas relacionados con la estructura ósea (zonas cervicales y dorsales) se deben a las muchas horas que pasan de pie, pero no en continuo movimiento como en los necesarios paseos, sino fijos, inmóviles frente a las pizarras.

Pero especialmente preocupantes resultaron las conclusiones de especialistas relacionados con las emisiones de sonidos, palabras, mensajes... Así, nódulos en las cuerdas vocales, infecciones de la faringe, carrasperas que terminan enronqueciendo la voz, afonías... son muy frecuentes en los profesores franceses. Sin embargo, no dominan bajas laborales muy destacadas entre nosotros: estrés, agotamiento psíquico, “quemes”..., es decir, enfermedades no físicas. Parece que algo no encaja. O, al menos, sorprende la no coincidencia.

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